Hace cuatro años, para Erasmo G., abrir un minúsculo negocio fue como la fiebre del oro del siglo XIX en el Oeste americano. Un segmento amplio de cubanos deseaba hacer dinero, pero no sabían bien cómo lograrlo.

Eran "hombres nuevos", reciclados al capitalismo estrambótico y primitivo aupado por una autocracia e impulsados por bajos salarios, perpetua crisis económica y una inflación creciente. A la carrera, montaron algún pequeño negocio, más o menos serio, o simplemente de corte medieval.

“En Cuba, por falta de información y conocimientos empresariales, la gente suele ver las cosas en blanco y negro. Se piensa que cualquier ‘bisne’ [negocio] siempre va a dejar ganancias. La mayoría desconoce técnicas de mercadotecnia, ventas y publicidad para atraer clientes. Y aunque las conozcan, los altos impuestos, controles excesivos, el bajo poder adquisitivo de la población y la ausencia de un mercado mayorista, dificulta obtener ganancias sostenidas en un negocio”, explica Erasmo.