No es el típico concesionario de automóviles. Ubicado a pocos metros del mar, decenas de vehículos fueron estacionados en un amplio terreno y lucen cubiertos de polvo bajo el intenso sol caribeño. Algunos se ven oxidados y un custodio, sentado y con cara de aburrimiento, espera a unos clientes que no se ven por ninguna parte.

La lista de precios, colgada en una cerca de alambre verde, explica el porqué de las ausencias de compradores: un Citroen C3 compacto, usado, de seis años de antigüedad, cuesta 46.000 dólares, cuando en Inglaterra puede conseguirse uno nuevo por unos 15.000 dólares. También aparece un Peugeot 206, de 2008, que cuesta 85.000 dólares, cuando pueden conseguirse por 5.000 en la isla británica.

La euforia con que los cubanos saludaron en enero una reforma que les permitió comenzar a comprar vehículos sin tener que tramitar un permiso especial por primera vez en décadas, se convirtió rápidamente en una decepción cuando se publicaron los precios; un malestar que luego se intensificó cuando las autoridades informaron que solo habían vendido 50 coches en el país, en los seis meses que tiene de vigencia la ley...