Quienquiera que sea responsable por los terribles y misteriosos ataques sónicos contra los diplomáticos norteamericanos y sus familias en La Habana quería una sola cosa: que los norteamericanos se fueran de Cuba.

Si el culpable es el gobierno cubano, un agresivo sector del régimen cubano que actúa por su cuenta, o un tercer protagonista (que pudiera ser cualquier otro estado enemigo), el motivo sigue siendo el mismo. El reestablecimiento de las relaciones entre EEUU y Cuba –sobre todo, el entusiasta abrazo a los norteamericanos que le dio el pueblo cubano– creó un nuevo orden tan rápido que amenazó las alianzas socialistas y la política de línea dura que le ha permitido a la dictadura cubana gobernar implacablemente durante casi seis décadas.