Raras veces las personas escogen la emigración como una elección puramente personal. Las emigraciones se producen cuando las personas no se sienten capaces de permanecer en su país por existir un clima político hostil y excluyente, o por vivir bajo una economía improductiva que no genera las plazas de trabajo necesarias para sostener a sus familias. Excepto en los países más pobres y de poca educación, son los gobiernos y sus políticas la causa de la necesidad de emigrar.

Obviamente es preferible para un país no sufrir la emigración de sus ciudadanos, pero ya dado el caso, muchos países han aprendido a incorporar a los emigrados en sus países respectivos de una forma positiva, productiva e incluyente. Hay numerosos ejemplos de diásporas que están jugando, o han jugado, un papel muy constructivo en sus países, como es el caso de la diáspora china, la india, la alemana, y la mexicana.

Cuba no es el único país de América que ha sufrido una emigración desangrante. México, República Dominicana, Haití, Puerto Rico y la mayoría de los países centroamericanos, han sufrido o sufren emigraciones aun mayores que la cubana, pero la relación y los tormentos de Cuba con sus diásporas abarcan más de dos siglos.

Las posibles contribuciones de las diásporas no se limitan a las remesas, aunque estas sean importantes, sino que adquieren mayor importancia mientras más se reintegren a su país de origen. Este valor agregado ocurre no solo en lo económico, sino en lo político, lo cultural y lo social. Este potencial de la diáspora va mas allá de lo económico y está marcado, en nuestra historia, con las enormes contribuciones que desde la diáspora hicieron el Padre Félix Varela y el propio José Martí.

Este acercamiento de la diáspora a la nación esta enormemente dificultado. Allá por políticas restrictivas, que aunque fueron liberalizadas por el presidente Obama, enfrentan un futuro incierto ante el proceso electoral norteamericano. Acá, se encuentran las dificultades que resultan de políticas migratorias que no han sido actualizadas, y que someten a los cubanos de la diáspora a la humillación de pedir permiso para regresar a nuestro propio país de origen. Es menester reclamar a ambos gobiernos la normalización de este movimiento migratorio.

Aunque en el transcurso de su historia Cuba ha sufrido varias emigraciones, la emigración durante el periodo revolucionario ha sido particularmente numerosa en relación a su población y muy significativa para el país por su característica política y contestataria ante el proceso revolucionario, y por las décadas de aislamiento entre la nación y su diáspora, por lo que nos autodenominamos “exilio”.

Esta parte de la diáspora que se concentro principalmente en el sur de la Florida esta padeciendo una gran transformación, fundamentalmente segmentada por la década de arribo. Para usar la clasificación del profesor Damián Fernández, podemos conceptualizar a los que llegaron en los 60 como caracterizados por la pasión, los llegados desde los noventa, que hoy constituyen la mayoría, como movidos por el afecto, y los mas jóvenes de la generación original o sus descendientes como motivados por la razón. Este esquema explica con mucho acierto la transformación de Miami de obstáculo a activo transitorio.

Sin embargo, sería injusto ignorar al exilio histórico como irrelevante o irredento en un proceso de reunificación y de reconciliación. El exilio histórico incluye a los cubanos que llegamos a Estados Unidos en la década de los 60. Hoy es fácil ver el éxito económico y político legado por el exilio histórico, pero algunos olvidan el costo de alcanzarlo.

Aunque llegamos a Estados Unidos en un momento de enormes oportunidades económicas, ese exilio fue un proceso duro, triste, difícil y de grandes sacrificios. Aparte del dolor de la expatriación, hombres y mujeres, principalmente de la clase media cubana, llegaron a comprender, muchos por primera vez, lo que era la pobreza. Muchos, como mi padre, en la cima de sus vidas, tuvieron que troncharlas y empezar de nuevo. Mi padre lavó platos, mi madre recogió tomates, y todo con el singular propósito de darme a mí, a sus hijos, una educación, libertad y un porvenir.

Los que éramos más jóvenes observamos con tristeza la nobleza de nuestros padres y el sacrificio total y absoluto hecho por nosotros. Fuimos, de una manera singular, la ofrenda en sus altares, pero no pudimos quedarnos al margen de verlos sacrificarse de esa manera, y aun siendo muy jóvenes, nos lanzamos a trabajar para ayudarlos. Mi generación no se pudo dar el lujo de ser “pepillo”. Esa época nos la saltamos. Tuvimos que pasar con premura de niños a adultos. Nuestras vidas, aunque con un futuro prometedor, tampoco fueron fáciles.

El exilio histórico son todos aquellos viejitos, que como mi padre, murieron añorando regresar a Cuba. También son exilio histórico aquellos que vieron su juventud marchitarse encarcelados por disentir con un proceso revolucionario que se estaba consolidando. Ese exilio histórico nunca ha olvidado a Cuba, y ha demostrado en múltiples ocasiones su generosidad con Cuba. Como todos los cubanos, en ambas orillas, nuestra historia esta marcada por una multiplicidad de errores respecto a la Patria y a nuestros hermanos, pero hemos también demostrado una capacidad de reflexión y de recapacitar ante el futuro.

Pero no hemos de confundir al exilio histórico con el exilio histérico. El histórico es noble y generoso, el histérico es incoherente e irresponsable. El exilio histérico se cree poseedor de una verdad absoluta, se autodenomina como la “sagrada intransigencia” como si la intransigencia fuera una virtud y se niega a cambiar, como si 53 años no fueran suficientes para demostrarnos ampliamente la necesidad de cambio.

Si para aquellos de ustedes que viven en Cuba esta descripción de los exilios histórico e histérico les parece algo familiar, es porque los cubanos de aquí y los de allá somos las dos caras de una misma moneda, por lo que aquí también hay históricos que invirtieron sus vidas y sus sueños en aquel proceso revolucionario que en una época cautivo la imaginación del mundo y de casi todo un pueblo. Los históricos de acá, que estoy seguro también aman a Cuba con todo su corazón, poseen, los de buena voluntad, la misma capacidad de reflexión y de recapacitar en errores cometidos.

Pero esa otra cara de la moneda también tiene histéricos, por lo que cabe revisar quienes son los que componen este sector.

Son histéricos: 

  • Los “iluminados” que en pleno ejercicio de la arrogancia se creen poseedores de la verdad absoluta, y los hay aquí y allá.
  • Los intolerantes que no permiten que otras voces se escuchen, y los hay aquí y allá.
  • Los antropófagos que vorazmente se comen a otros cubanos, con ataques personales, insultos y calumnias, y también los hay aquí como allá.
  • Los que prefieren la violencia a la paz, y los hay aquí y allá.
  • Los inmovilistas que están tan plantados en sus posturas que como alguien parado sobre cemento húmedo, no se han dado cuenta que el cemento se ha endurecido bajo sus pies, y serán relegados a ser observadores, no participes de la historia.
  • Los que restan y dividen, aquí y allá.
  • Y por último, los histéricos son aquellos que en las palabras de Martí, destruyen en vez de construir, y también los hay aquí como allá.

Una gran parte de esa diáspora que llamamos exilio ha concluido que no es ético ni sostenible mantener políticas o posturas de aislamiento, enajenación y sanciones económicas que dañen a nuestro pueblo, y mucho menos hacerlo a través de la injerencia de un país extranjero, ya que el fin no justifica los medios. Los gobiernos pasan, los pueblos perduran, y no es ni aceptable ni propicio causarle daño a nuestro pueblo por el fin de lograr un cambio de gobierno.

Promover y ayudar en Cuba a nuestros hermanos necesitados y al desarrollo de una sociedad civil diversa y profunda, sea quizás la mayor contribución que le pudiera hacer la diáspora a la Cuba del futuro, ya que las sociedades civiles, que incluyen un sector privado en la economía, requieren de apertura, recursos, contactos y cooperación. No en balde, Su Santidad Benedicto VXI repitió las palabras de su predecesor pidiendo que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba.

Los problemas de Cuba son grandes, pero son nuestros problemas, y debemos y tenemos que resolverlos entre nosotros los cubanos. No será fácil, pero no tenemos otra opción. Benedicto nos lo dijo claramente y con énfasis: no hay otro camino que no sea la reconciliación, el respeto, la inclusión, el dialogo, el amor y la paz.

Durante la misa en Santiago de Cuba este pasado lunes, monseñor Dionisio García le presento Cuba al Papa como un país pobre. Respetuosamente, yo difiero, porque veo a Cuba como un país rico en capital humano, tanto dentro como fuera, y en el mundo contemporáneo, el patrimonio humano es más importante que el financiero.

Sin embargo, para realizar el potencial de ese capital humano, tanto aquí como en la diáspora, requerimos de cambios y cambios grandes, que le corresponden a todas las partes, tanto a la diáspora, como al gobierno y a la propia oposición. Durante su visita, Su Santidad recalco la realidad de que el modelo cubano se encuentra obsoleto y desgastado, pero también esta obsoleto y desgastado el modelo de confrontación y aislamiento por parte de la diáspora.

La Revolución no se puede sostener por la coerción, ni se va a derribar con la confrontación. Benedicto nos insto a todos los cubanos a buscar un modelo nuevo para Cuba, que sea incluyente, donde todos los cubanos encuentren su participación en libertad y humanismo. Los cubanos están sedientos de una visión de futuro, y soñar sobre el futuro nos puede unir, mientras que el pasado nos divide.

La tarea no es fácil, así nos lo recordó el Santo Padre y nos advirtió que el camino va a estar fraguado de retos y peligros. Para lograrlo llamo a todos los cubanos, los de aquí, los de allá, los del gobierno, al respeto, la transparencia, la humildad, y el amor fraternal, para que en pleno ejercicio de nuestros derechos dados por Dios, encontremos la paciencia y la tenacidad de perseverar en transformar a Cuba a través del diálogo y la paz.

Nunca olvidare las palabras que me dijo mi gran amigo Dagoberto Valdés, a quien respeto y admiro profundamente: “Carlos, las transformaciones son como un rompecabezas de muchas piezas. No importa por donde se empiece a armar, lo que importa es que todas las piezas estén sobre la mesa”. La diáspora no va a ser uno de los que arma el rompecabezas, eso le corresponde a los que viven aquí, pero si somos piezas importantes que Cuba necesita. Nuestra responsabilidad es contribuir nuestras piezas al rompecabezas, y no podemos esperar a que este terminado porque nunca lo estará sin nosotros.

Tenemos que dar un paso adelante y poner nuestras piezas sobre la mesa, sin preocuparnos mucho de cuán adelantado este el rompecabezas. Nuestras actitudes deben ser las de propiciar que se arme el rompecabezas. Si hoy solo se han armado 50 piezas de mil, bienvenido sea, solo faltan 950 por armar. Ignorar o desechar la porción ya armada, alejarse, o retener piezas fuera de la mesa, no son opciones éticas ni constructivas, como no lo es tampoco doblarse de brazos y esperar. Comencemos, pues, a poner nuestras piezas sobre la mesa. Afortunadamente para nosotros, Su Santidad nos ofreció a la Iglesia para ayudarnos en esta tarea.

Mi generación, que es de las más jóvenes de los exiliados de los años sesenta, esta llegando a una edad donde ya podemos vislumbrar el final de nuestros caminos. En esta época de nuestras vidas es el momento de enfatizar lo importante y desechar todo lo superfluo e irrelevante.

Cuando el más pequeño de nuestros hijos sufrió un coma diabético a los 13 años, su personalidad cambio. Antes lo llamábamos fosforito, por que de cualquier cosa explotaba. Después de aquel episodio su carácter era apacible y tranquilo. Un día su hermana le pregunto cómo es que había cambiado su forma de ser tan radicalmente, a lo que él le respondió que después de haber estado tan cerca de la muerte se dio cuenta que no valía la pena perder tiempo estando enojado.

¡Que lección nos dio aquel niño de 13 años, y que lección para todos los cubanos! No vale la pena perder tiempo estando enojados, enajenados entre hermanos.

Tenemos todo un futuro que construir para legar a nuestros hijos y nietos. Se nos acaba el tiempo. Derrumbemos los muros que hemos construidos en ambas orillas, tendamos los puentes que hagan falta, y démonos a la tarea de edificar una Cuba nueva, una Cuba libre, soberana, incluyente, próspera, diversa, rica, justa, equitativa y generosa con los sectores mas débiles de nuestra sociedad. Esa es la Cuba con la que soñamos, hagámosla entre todos los cubanos una realidad.

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Fecha Título
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